jueves, 3 de octubre de 2019

Bloque 2: los modelos económicos



Identificas los modelos económicos implementados en México durante el periodo de 1940-1982
Objetivos de aprendizaje:
·         Modelos económicos precedentes  a 1970 y movimientos sociales.
·         Modelo económico de desarrollo  compartido.
·         Modelo de alianza para la producción.
·         Relación de México con organismos financieros internacionales.
·         Transición al neoliberalismo

Competencias:
Identificas los modelos económicos previos a 1970 para ubicar el origen de la crisis estructural de la econo­mía mexicana y los movimientos sociales que se desarrollaron en el periodo.
Distingues los rasgos relevantes del modelo económico de desarrollo compartido, describiendo su impac­to en los ámbitos económico y so­cial.
Explicas la implementación del mo­delo de alianza para la producción, a través del estudio de las políticas que se instauraron en el ámbito na­cional y local.

INTRODUCCIÓN:
En este bloque analizaremos varios aspectos de la política económica mexica­na de la segunda mitad del siglo xx hasta nuestros días. Podrás identificar mu­chas de las particularidades históricas y socioeconómicas que sentaron bases de las instituciones, políticas públicas y sociedad que en la actualidad nos de­finen y distinguen como país en el concierto internacional. Te recomendamos que utilices los modelos y conceptos que te brindamos en el bloque anterior, con ello se te facilitará la interpretación y comprensión de la información del presente bloque.

Modelos económicos precedentes a 1970 y movimientos sociales:
En el siglo xx, la economía de México sufrió varios cambios como consecuen­cia de la transformación del mundo y la conformación de un mercado global más dinámico, integrado y –aparentemente– estable. El intercambio de mer­cancías y capitales, así como los crecientes flujos migratorios de hombres y mujeres, han sido determinantes para la definición de la economía nacional, internacional y planetaria. Después de la Revolución Mexicana de 1910, la eco­nomía de la nación fue fortaleciéndose gradualmente mediante el trabajo per­manente de hombres y mujeres y merced a una política económica que soste­nía el fortalecimiento de las finanzas estatales y de los capitales nacionales, en relativo detrimento de la inversión extranjera.

El periodo histórico que comprende los años de 1970 a 1982 en México es iden­tificado como la “docena trágica”, debido a que los gobiernos de Luis Echeve­rría y José López Portillo no lograron recuperar al país de la crisis social, política y económica que sobrevino poco después del importante año de 1968; por el contrario, casi todas las estrategias que aplicaron tuvieron efectos colaterales que agudizaron los problemas que supuestamente serían resueltos. Más aún, en ese periodo México disponía de amplios recursos por el incremento de los precios del petróleo, situación que no logró aprovecharse ante la mala admi­nistración y la corrupción imperante en el sistema político mexicano.

Ambos gobiernos cimentaron muchas de sus iniciativas mediante el aumento del gasto público, lo que provocó un déficit en las finanzas del Estado y no tuvieron otra opción más que recurrir al endeudamiento, tanto externo como interno, generando una inflación que llegó prácticamente al 100% y con una moneda devaluada en 500%. Esto, a su vez, redujo la capacidad competitiva de los productos nacionales frente a los extranjeros.

En un intento por sostener a la economía, en 1979 se recurrió a la exportación del petróleo, pero no fue suficiente; por el contrario, esta medida repercutió en el debilitamiento del campo mexicano y la agudización de muchos otros problemas de carácter nacional.

Modelo de sustitución de importaciones:

Al término del gobierno socialista de Lázaro Cárdenas del Río en 1940, México había definido muchos aspectos de su economía y política en referencia a la manera en que el país debía de organizarse con la finalidad de mejorar la calidad de vida de los mexicanos. Entre los esfuerzos logrados por el gobierno cardenista y sus aportaciones al desarrollo de la nación destacan la expropiación petrolera, la nacionalización de los ferrocarriles y otras empresas, la consolidación de escuelas básicas y superiores, centros e institutos de investigación (como el inah y el ipn) y el reparto agrario.

Hasta este periodo, la política económica se concentró en la construcción de una infraestructura básica que agilizara el desarrollo de México. Las principales inversiones del gobierno hasta 1940 se canalizaron en vías y medios de comunicación –carreteras, ferrocarriles, telecomunicaciones, etc.–, así como en la explotación y producción de hidrocarburos, generación de energía eléctrica y construcción de grandes obras hidráulicas que, de manera conjunta, tenían la finalidad de suministrar materias e insumos a bajo costo destinados a solventar las necesidades de las pocas empresas e industrias que las requirieran y, en general, del país mismo.

Sin embargo, los gobiernos posteriores al cardenismo habrían de ajustar la política económica de México teniendo en consideración varios aspectos importantes dentro y fuera del país, como el pago de indemnizaciones a países y empresas extranjeras por la política de nacionalización cardenista, la relación México-Estados Unidos, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría impuesta en todo el orbe por las diferencias entre la Unión Soviética y Estados Unidos, la participación de capitales extranjeros en la economía mexicana, etc. Debe precisarse que en realidad estos procesos, en grado diverso, influían y repercu­tían de manera directa en la industria, el comercio, la agricultura, la desigual­dad, la migración y el empleo o desempleo de los mexicanos.

Con el gobierno de Manuel Ávila Camacho en 1940, comienza una nueva etapa en la política económica del país conocida como modelo de “sustitución de importaciones” o del “milagro mexicano”, que terminaría en 1968.

Este modelo económico tenía como finalidad principal generar dentro de la incipiente cadena productiva mexicana mercancías y bienes de consumo que por mucho tiempo se conseguían sólo en el extranjero a precios altos, es decir, productos o bienes de importación.
Este periodo se caracteriza porque el gobierno decidió concentrar muchos de sus esfuerzos en la industria, en detrimento del desarrollo agrícola. El go­bierno, los industriales y los productores mexicanos coordinaron esfuerzos para obtener en México lo que anteriormente se conseguía en otros países.

Este modelo contribuyó a ampliar y consolidar la industria mexicana, al tiem­po que impactó positivamente para atraer la inversión al país, generar empleo y mejorar la producción. Esta situación favorable se debió también al hecho de que muchos de los países que fungían como potencias económicas y políticas (Francia, Inglaterra, Estados Unidos, la urss, Alemania, Italia, etc.) sufrieron serias consecuencias como resultado de su participación en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), la cual afectó también a su complejo industrial y produc­tivo. Habrían de pasar muchos años para que las economías de aquellos países lograran de nuevo su estabilidad económica.

Para que la política económica del modelo de desarrollo estabilizador fuera viable, el gobierno se comprometió a apoyar y proteger a la industria mexica­na, la cual no lograba consolidarse por la falta de una política de continuidad y estrategia para el desarrollo del país; la corrupción de funcionarios y políticos representó otro factor que limitó en forma considerable las posibilidades del desarrollo nacional.

A partir de 1940, el gobierno de Ávila Camacho y los gobiernos posteriores –hasta la década de 1950– decidieron apoyar el desarrollo industrial del país a través del modelo de “sustitución de importaciones”. Para tal fin, estos gobier­nos pusieron en práctica las siguientes estrategias:

Priorizaron las necesidades del mercado interno mexicano, protegiendo a la industria nacional de la extranjera.
• Construyeron obras de infraestructura (carreteras, presas, ampliación del suministro eléctrico, etc.) para apoyar el desarrollo de la industria y del sec­tor de la agricultura extensiva o comercial.
• Aplicaron políticas fiscales para favorecer a las empresas e industrias en México, destacando las del cemento, fertilizantes, productos químicos, si­derurgia y productos metálicos.
• Mantuvieron el control estricto del aumento de los salarios de los trabajadores.
• Produjeron materias primas y recursos energéticos (electricidad, gas, pe­tróleo) baratos.
• Otorgaron créditos para el desarrollo y fortalecimiento de la industria de la transformación (manufactura).
• Ofrecieron grandes apoyos para facilitar la importación de equipo de traba­jo, herramienta y maquinaria especializada.

En este modelo de política económica se inscriben las administraciones de Ma­nuel Ávila Camacho (1940-1946), Miguel Alemán Valdés (1946-1952) y Adolfo Ruiz Cortines (1952-1958). La aplicación de este modelo implicó una disminu­ción en el apoyo gubernamental que anteriormente recibían tanto las activi­dades agrícolas como las pecuarias. La calidad de los productos fabricados en las industrias y empresas mexicanas no era del todo buena en comparación con los mismos productos elaborados en el extranjero, lo que delataba fallas, errores o vicios dentro de la cadena productiva mexicana.

La aplicación de este modelo contribuyó a estimular la comercialización de productos extranjeros de manera clandestina, generando un mercado negro de productos de importación denominados popularmente como “fayuca”.

Modelo de desarrollo estabilizador
A partir de la década de 1950, el gobierno federal ajusta varios aspectos medulares del modelo económico desarrollado hasta entonces; se opta por establecer un nuevo modelo denominado “desarrollo estabilizador”, el cual entraría en vigor durante la administración del presidente Adolfo López Ma­teos (1958-1964).

Los objetivos de este modelo se concentrarían en mantener un mayor control y estabilidad de los precios, salarios y la moneda nacional (el peso) con respec­to al dólar, pues desde entonces la moneda estadounidense mostraba claros signos de estabilidad. El gobierno contribuyó a estimular la inversión privada mediante diversos incentivos fiscales que generaban grandes ganancias a la élite empresarial y capitalista mexicana, creando con ello –de forma parale­la– una derrama económica expresada en empleos para una amplia gama de trabajadores (calificados y no calificados), fundamentalmente en la ciudad.

El modelo de desarrollo estabilizador apoyó la producción de bienes interme­dios como cartón, papel, ropa, plaguicidas, colorantes, etc., así como la pro­ducción de maquinaria y herramientas cada vez más especializadas.

Entre los propósitos que dieron sentido a este modelo se encuentra la inten­ción de modernizar el complejo industrial, generando –lamentablemente– una dependencia de las grandes metrópolis en las cuales tuvo lugar el auge tecno­lógico con aplicaciones industriales, como Estados Unidos, Alemania, Inglate­rra, etc.; México era y es dependiente del desarrollo tecnológico, científico e industrial en otros países.

Bajo la administración del presidente Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970), el go­bierno promovió la diversificación de las industrias con la finalidad de compe­tir en nuevos mercados y ampliar el espectro de oportunidades para la gene­ración de empleo y la consolidación de las diversas cadenas productivas. En este sentido, destaca el sólido apoyo brindado tanto a la industria automotriz como a la petroquímica. Precisamente, esta última rama sería uno de los ejes más importantes para la definición de la política económica mexicana en los gobiernos posteriores.
Bajo el modelo de desarrollo estabilizador también se inscriben las administra­ciones de Luis Echeverría Álvarez (1970-1976) y la primera mitad de la gestión de José López Portillo (1976-1982). En este último régimen se pone en marcha el Plan Nacional de Desarrollo Industrial durante los años 1979-1982.117 Identificas los modelos económicos implementados en México durante el periodo de 1940-1982
Al volverse la industria el eje de la política económica mexicana, las ciudades que las albergaban (como México y Monterrey) inmediatamente se volvieron polos de desarrollo y atracción para miles de campesinos pobres, que migra­ban para emplearse como obreros o en otras actividades relacionadas con el auge que la industria creaba en las urbes.

En este sentido, el caso más emblemático fue el de la Ciudad de México, en donde se asentaron muchas industrias en virtud de ubicarse en el centro del país y contar con la infraestructura necesaria para el desarrollo de esta activi­dad tan especializada, y también por ser la capital del país.

Por consecuencia, la Ciudad de México experimentó un crecimiento incontro­lable y caótico hacia su periferia, ante la llegada de millones de campesinos que anhelaban trabajar en la industria, lo cual ocasionó graves problemas de hacinamiento, insalubridad e inseguridad.

En términos generales, el periodo 1940-1970 se define a partir de un acelera­do crecimiento económico que benefició únicamente a la élite empresarial y política nacional. Los amplios sectores de las clases trabajadoras lograron –en el mejor de los casos– mantenerse en las mismas condiciones que antes, es decir, en este periodo el ingreso no se distribuyó de igual forma en la sociedad, manteniendo un consistente sistema de clases bajo el marco del modo de pro­ducción y organización social capitalista.

Los modelos económicos impulsados en este periodo en México (tanto por el gobierno como por la élite empresarial) no contribuyeron de manera sus­tancial en la mejora de la calidad de vida de todos los mexicanos. Por tales razones, al periodo de 1940-1970 también se le denomina como crecimiento concentrador del ingreso, durante el cual solamente una parte de la sociedad fue beneficiada, mientras que la mayor parte de la población se mantenía mar­ginada tanto económica como políticamente. En gran medida, tal estado de cosas va a constituir el cimiento de la crisis que experimentaría el país durante 1968

Movimientos sociales
Después de la Revolución Mexicana de 1910, el sistema político mexicano fue construyéndose de manera paulatina, en gran medida gracias a los consensos logrados entre los políticos de proyección nacional y los caciques regionales, el corporativismo de grandes gremios o sectores de la sociedad en torno a líderes –con frecuencia inescrupulosos y abyectos– que estimularon la corrupción, la siembra de favores-cuotas y la complicidad. En sus orígenes, el sistema político mexicano no fue democrático y más bien obedecía a la imposición de los intereses de los grupos políticos y empresariales más poderosos.

Mediante el liderazgo de Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas, el sistema político mexicano se regularizó y descansaría posteriormente en la estructura del partido de Estado, en la figura del presidente de la República y en los pode­res locales y/o caciquiles. Sin embargo, estas bases no serían suficientes para desahogar, dar cauce y resolver las exigencias y demandas de diversos grupos disidentes pertenecientes a distintos sectores de la sociedad, como campesi­nos, obreros, maestros, médicos, ferrocarrileros, estudiantes, pueblos indíge­nas, etcétera.

El sistema político mexicano quedó acotado en 1968: el movimiento estudiantil y popular exhibió las limitaciones del sistema y del gobierno, cuya incapacidad para actuar y resolver muchas de las demandas y exigencias de los mexicanos quedó demostrada. Contrariamente, el gobierno manifestó su signo violento y represor en contra de sus propios ciudadanos, al abatirlos utilizando al ejército el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. En ese sitio, mu­chas personas murieron y otras fueron desaparecidas por efectivos del ejército y otras fuerzas militarizadas que actuaron bajo órdenes del presidente Gusta­vo Díaz Ordaz. En la actualidad aún se desconoce con certeza el número real de los muertos y desaparecidos de aquella fecha.

La manifestación más evidente de la crisis económica, política y social del país hacia 1970 había sido la terrible represión del movimiento estudiantil y popular de 1968. Por ello, posteriormente tanto Luis Echeverría como López Portillo consideraron necesario legitimar sus gobiernos frente a la percepción de una sociedad cada vez más defraudada por el grado de cinismo y corrupción de la élite política de la época.

Así, una de las iniciativas del gobierno fue la adecuación y definición de la polí­tica social, enfatizando varios aspectos en torno a la educación y el desarrollo social. De tal manera, la política social se orientó a proveer educación, salud, vivienda y equipamiento básico para apaciguar a una sociedad más exigente impaciente.

Modelo de Desarrollo compartido:

Al comienzo de la administración de Luis Echeverría Álvarez (1970-1976), se desarrollaron nuevas estrategias para mejorar el modelo económico del país. En principio, hubo dos elementos que estimularon esta iniciativa en la reorga­nización de la economía nacional:

a)      El entorno internacional que comenzaba a revelar con mayor contundencia la importancia y dependencia del petróleo –y sus numerosos derivados– en todos los mercados del planeta, siendo México un país productor de este hidrocarburo. El petróleo es la base que sustenta el modelo de organización económica y social del capitalismo como lo conocemos en la actualidad; directa o indirectamente, el petróleo y sus derivados están presentes en nuestra cotidianidad. Los países que lo administran influyen directamente en la economía política del planeta.

b)      La trascendencia política y social del movimiento estudiantil y popular del 2 de octubre de 1968 y su réplica del 10 de junio de 1971, también llamado el halconazo, ante el cual el gobierno ejerció la coerción y la violencia en contra de los ciudadanos. El sistema político mexicano se mostró incapaz de generar consensos políticos entre la gente que demandaba mayores li­bertades ciudadanas y una mejor calidad de vida. Una nueva generación de mexicanos jóvenes exhibió el grado de censura, intolerancia y agresión del gobierno, cuyo sistema político era obsoleto y corrupto. Como resultado, la élite política mexicana (concentrada en el PRI) ampliar los márgenes de participación política para la ciudadanía.

Bajo un sentido social y político, la estrategia económica del presidente Luis Echeverría pretendía una redistribución del ingreso, es decir, que éste fuera más equitativo e incidiera directamente en mejorar la calidad de vida de todos los mexicanos.

A esta estrategia se le denominó “desarrollo compartido”, la cual surge como una respuesta ante la inequitativa distribución del ingreso que había caracte­rizado a México en los últimos 30 años, y tenía como uno de sus ejes principa­les el gasto público, es decir, el gasto que realiza el gobierno en sus diversas actividades (por ejemplo, pagando más y mejores salarios a los trabajadores al servicio del Estado y/o construyendo grandes obras), el cual se incrementó sustancialmente. El gasto ejercido por el gobierno era mayor a los ingresos del mismo, es decir, el gobierno de Echeverría gastaba más dinero del que lograba captar.

En el marco de la estrategia del “desarrollo compartido”, se proyectó homo­geneizar los polos de desarrollo regional en distintos puntos del país para aba­tir el rezago o la marginación en ciertas zonas o regiones, así como evitar la concentración industrial en algunas localidades. Paralelamente, la iniciativa de Echeverría suponía que iba a aliviar la enorme presión producida por las demandas sociales que se habían expresado durante 1968. El objetivo princi­pal de esta estrategia era lograr una mayor justicia social para los mexicanos, ajustando el modelo económico. En los hechos no fue así.

Muchas veces el gobierno echeverrista expresó su preferencia y compromi­so –frente a las situaciones de adversidad que afrontaban–, con los países del llamado “tercer mundo”, es decir, aquellas naciones que como México tenían que lidiar y negociar con las potencias mundiales para poder financiar sus res­pectivos desarrollos económicos y/o deudas. Esta postura causó mucho des­concierto en los grandes empresarios, pues suponían que el gobierno podría enajenarles sus bienes o limitar sus ganancias.

Las expectativas generadas por el “desarrollo compartido” no se cumplieron, puesto que en el sexenio completo se experimentó una crisis financiera pau­latina, tanto que el crecimiento económico del país fue inferior al obtenido en los últimos 30 años (en promedio, durante la administración de Echeverría fue de 6%). A ello contribuyeron en gran medida los bajos precios del petróleo en el mercado mundial, por lo que a partir de 1973 el gobierno estuvo obligado a intervenir en muchos aspectos de la economía, con resultados muy limitados o pobres.

El costo de los servicios y precios aumentó, al mismo tiempo que el peso se devaluó hasta en 40%, el producto interno bruto (pib) disminuyó y la inflación se incrementó de manera acelerada. En general, la economía del país entero dependía más que antes de los capitales del extranjero.

De tal modo, para 1976 era evidente una incontenible fuga de capitales del país, que contribuyó a colapsar aún más la endeble economía nacional. El go­bierno reaccionó pidiendo préstamos en el extranjero, incrementando la deu­da y utilizando abruptamente las reservas económicas. Esto repercutió en una pérdida del poder adquisitivo de los mexicanos; las gasolinas y la canasta bási­ca incrementaron su valor.

Los resultados de las medidas tomadas por el gobierno fueron adversas. Fren­te al desalentador panorama económico, se agudizaron problemas sociales y políticos como el desempleo, la corrupción, el narcotráfico y la “guerra sucia”, y varías células guerrilleras aparecieron en distintos puntos del país.

Modelo de Alianza para la producción:

Cuando José López Portillo asume la presidencia (1976-1982), se goza de una relativa estabilidad por la contención de la crisis económica del sexenio pasado. El anuncio del descubrimiento de grandes reservas petroleras en territorio nacional generó un fuerte optimismo en la élite política y empresarial de la época, pues fue un estímulo para que el país volviera a ser sujeto de créditos y los inversionistas se interesaran de nuevo en él. Pero eso no era suficiente para, como diría el propio López Portillo, “administrar la crisis”.
Con un impulso aparentemente progresista, López Portillo establece nuevas estrategias para superar los escollos económicos dejados por la administración pasada. Propone un nuevo ajuste al modelo de desarrollo económico de México, al cual denomina “alianza para la producción”, y que se enmarca en las siguientes iniciativas:

• El gobierno coordinó esfuerzos entre los principales actores de la producción (tanto del Estado como de la iniciativa privada) para impulsar y fortalecer todo el aparato productivo del país.

• Una reforma administrativa en el interior del gobierno con la intención de no duplicar funciones y volver más ágil el aparato burocrático-administrativo, que incidiera en facilitar la superación de la crisis económica.

• Una reforma de carácter político, que ofreciera mayor legitimación al gobierno y su aparato de Estado (instituciones, empresas paraestatales, funcionarios, etc.), frente a la sociedad y a la iniciativa privada. La reforma política contribuiría a hacer posible las otras dos iniciativas.

El presidente López Portillo llegó a anunciarle a los mexicanos que, para 1976, “en lugar de acostumbrarnos a vivir en la pobreza, deberíamos aprender a administrar la abundancia” (Gollas, en Bizberg y Meyer). Craso error. El ímpetu de su optimismo era tan grande como los alcances que más tarde tendría la crisis económica que iba a sufrir el país entero.

Los altos precios del petróleo en los mercados internacionales y los hallazgos de reservas petroleras en territorio nacional estimularon el gasto del gobierno, incentivando aparentemente el fortalecimiento de la economía nacional. En principio, el efecto generado fue el aumento del empleo y de la inversión privada, que de forma conjunta estimularon el fortalecimiento del pib.

Más tarde, los precios del petróleo fijados por el mercado internacional bajaron repentinamente, y el peso de nuevo se sobrevaluó. Para entonces, el gobierno mexicano había derrochado una gran cantidad de dinero en su gasto social, suponiendo que los precios del petróleo no bajarían.

Una nueva carestía embargaba el futuro del país. Para 1981, 73% de todas las exportaciones de México se concentraban en un solo producto: el petróleo. En 1982 la inestabilidad económica se agudizó; para ese año, el crecimiento del pib fue de 0.6%, la inflación se disparó casi en 100% y las reservas del país equivalían a lo que se importaba por concepto de mercancías en un mes (18,000 millones de dólares); es decir, México se encontraba prácticamente en bancarrota. Otros factores relevantes influyeron en la crisis económica de ese año, como la especulación política efecto de la elección presidencial, la nacionalización de los bancos (bajo decreto del 1 de septiembre de 1982), la falta de recursos para solventar los intereses y créditos obtenidos por México años atrás, la dependencia tecnológica del país del extranjero, la fuga de capitales, entre otros.

La expectante bonanza –prometida por López Portillo– había sido sustituida por una de las peores crisis económicas que el país sufriera a lo largo de su historia. Al igual que en el sexenio de Luis Echeverría, el promedio de crecimiento anual de la economía en el mandato de López Portillo fue de seis por ciento.

Una de las principales características que distinguieron el modelo económico impulsado por el gobierno en el periodo 1970-1982 fue la participación y expansionismo del Estado dentro del mercado, particularmente por su interés en apropiarse y dirigir empresas (paraestatales) cuya dirección no fue la más apropiada, pues con relativa frecuencia eran mayores los gastos generados por su funcionamiento que las ganancias obtenidas. Además de la corrupción en el gobierno y en sus paraestatales, muchos otros problemas se incrementaron a la par, como la insalubridad, el desempleo y subempleo, el analfabetismo, el narcotráfico, entre otros.

Relación de México con organismos financieros internacionales
(FMI, BID, BM)

México, América Latina y el Caribe tienen en común muchas características similares. No tan sólo comparten un continente o hemisferio del planeta, sino que también han experimentado de forma parecida diversos procesos históri­cos, sociales y políticos como consecuencia de su conquista y colonización por las metrópolis europeas, con la finalidad de explotar sus recursos naturales y humanos.

En este sentido, al hablar de América Latina se hace referencia a una gran re­gión que se explaya desde el Río Bravo –ubicado al norte de México– y llega hasta la punta del Cono Sur. Esta amplia región ha sido escenario de diversos proyectos políticos, como el de Simón Bolívar (1783-1830), quien deseaba inte­grar en una sola nación a las diversas repúblicas latinoamericanas o, en contra­parte, la “Doctrina Monroe” (1823), principio político establecido en el primer tercio del siglo xix por Estados Unidos y por el cual se afirmaba bajo un sentido imperialista la supremacía de éste en la región frente a las potencias europeas: “América para los americanos”, es decir, “América para los estadounidenses”.

En la actualidad, México, América Latina y el Caribe luchan para defender sus soberanías en contra de los intereses de aquellas naciones que utilizan prácti­cas imperialistas en aras de cuidar sus intereses comerciales o políticos.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el planeta fue dividido en dos grandes órdenes: el capitalista y el socialista. Estados Unidos hegemonizó contunden­temente al primero, mientras el segundo fue liderado por la Unión de Repúbli­cas Socialistas Soviéticas (URSS). El mundo se había dividido en zonas de in­fluencia entre ambos países, y Estados Unidos reiteró y formalizó su influencia sobre América Latina.

Como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, las antiguas potencias eu­ropeas se hallaban devastadas y no estaban en condiciones de frenar el ímpetu del desarrollo estadounidense expresado en lo económico, científico, tecnoló­gico, político y militar; en este tenor, Estados Unidos logró definir sustancial­mente el modelo de organización social y modo de producción capitalista, con el objetivo de garantizar su supremacía internacional.

Así, Estados Unidos logró que sus capitales y mercancías circularan libremente en la zona de influencia que le correspondía, a manera de fortalecer su com­plejo industrial, sus diversas cadenas productivas y sus capitales financieros, aunque ello implicara intervenciones militares u operaciones secretas para impedir el establecimiento de gobiernos socialistas que interfirieran en sus intereses, como en los casos de Chile (1973), en contra del presidente Salva­dor Allende; en Nicaragua (1981-1990), en contra de la revolución sandinista; o el asedio y embargo económico en contra de Cuba, desde que se instaura un régimen socialista como producto del triunfo de la Revolución Cubana en 1959, entre otros casos más. En época reciente, el régimen estadounidense ha manifestado su inconformidad con los actuales gobiernos de fuerte signo so­cialista de Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia y Dilma Roussef en Brasil.

Entre el 1 y el 22 de julio de 1944 se realizó la Conferencia Monetaria y Finan­ciera de las Naciones Unidas –también conocida por el nombre de Acuerdos de Bretton Woods–, en la cual se establecieron las características de la nueva organización económica y financiera para los países cuya productividad indus­trial sobresalía del resto. Se acordó establecer el uso del dólar como moneda para las grandes transacciones internacionales, en virtud de que era respalda­da por la economía más fuerte mundo: la de Estados Unidos. La estabilidad del dólar aportaba la base necesaria para que el sistema económico y finan­ciero del mundo se sustentara en éste, toda vez que agilizaría toda clase de operaciones (préstamos, pago de deudas, cambio de divisas, transacciones, inversiones, etcétera).

Entre los resultados de esta conferencia, también se estipuló la creación del Banco Mundial (BM) y del Fondo Monetario Internacional (FMI), que comenza­ron a funcionar desde 1946. Ambas instituciones fueron diseñadas como enti­dades internacionales que permitieran organizar y sistematizar muchas de las operaciones financieras entre los países miembros.

El Banco Mundial fue concebido para financiar proyectos de desarrollo econó­mico que permitieran a los grandes empresarios internacionales invertir sus capitales aminorando los riesgos de pérdida, suponiendo que las inversiones exitosas generarían empleos y una derrama económica en los países que los acogieran. El FMI se creó con la finalidad de generar estrategias y modelos para ajustar los desequilibrios económicos en los países que lo requirieran, a fin de agilizar el intercambio de mercancías y capitales en el contexto internacional.


Sexenio
Total de la inversión
Crecimiento (%)
Nueva inversión
Crecimiento (%)
Luis Echeverría Álvarez
1970
1976
3,714.4
5,315.8
43.1
1,601.4
------
José López Portillo
1982
10,786.4
102.9
5,470.6
241.6
Miguel de la Madrid Hurtado
1988
24,087.4
123.3
13,301.1
143.1
Carlos Salinas de Gortari
1994
84,799.1
252.0
60,711.7
356.4
Ernesto Zedillo Ponce de León
2000
146,254.3
72.5
61,455.2
1.2
Vicente Fox Quezada
2001
165,127.2
12.9
18,902.9
------


Con estos organismos internacionales, la economía mundial de carácter capi­talista comenzó a reorganizarse bajo el liderazgo estadounidense, el cual se manifestaba tanto en la alta diplomacia como en una comprobada belicosidad. En este tenor se desarrolló la Guerra Fría entre los intereses estadounidenses y los soviéticos: ambas potencias representaban una forma de organización social, fundamentadas en el capitalismo y el socialismo, respectivamente.

Más tarde, en 1959, nace el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), con la consigna de generar proyectos de desarrollo económico, expresados en las áreas de lo social, infraestructura, inversión e institucional, para facilitar la integración de América Latina y el Caribe en sus intercambios comerciales. Entre sus objetivos se encuentra reducir la pobreza mediante un crecimiento estable de las economías de los países de esta región. El BID fue creado para contribuir en el fortalecimiento del sistema económico-político definido por los estadounidenses, refrendando su liderazgo en la región.

La antiquísima relación bilateral de México con Estados Unidos facilitó a nues­tro país su participación en esta nueva organización económica internacional. México, al carecer de recursos suficientes para planificar su desarrollo y/o pa­gar sus deudas con el extranjero, en diferentes ocasiones acudió a estos orga­nismos para solventar sus múltiples necesidades.

Después de 1970, el sistema económico mundial entró en crisis, provocada en gran medida por la repentina alza del petróleo y la desaceleración de la economía estadounidense frente al fortalecimiento de las antiguas potencias económicas europeas y asiáticas que mostraban signos de vida nuevamente. Sólo los países petroleros, como México y Venezuela en América Latina, fue­ron relativamente beneficiados por los incrementos del valor del crudo, cuyo precio se triplicó.

El Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, si bien es cierto que fueron y son instituciones que han facilitado créditos y recursos para aliviar las crisis económicas de los países que lo necesitan, también han definido e impuesto condiciones y políticas a los países deudores con la intención de salvaguardar los intereses de los grandes inversionistas y empresas transnacionales (Coca Cola, General Electric, Kellogg´s, Volkswagen, Ford, Repsol, etcétera).

Esta situación ha orillado a países como México a sacrificar la calidad de vida de amplios sectores de la sociedad en aras de mantener en relativa estabilidad el complejo macroeconómico del país (la bolsa de valores, el sistema bancario, la entrada de divisas, la estabilidad del peso, el control de la inflación, etc.), a fin de privilegiar los intereses de la élite política y empresarial. En este sentido, las recomendaciones del FMI, el BM y el BID han sido muchas veces catastróficas para el desarrollo integral del país, pues solamente se han concentrado en velar por los intereses del sistema económico internacional y no por los intereses más elementales (empleo, alimentación, salud, educación, etc.) de los amplios sectores menos favorecidos de la sociedad.

Transición al neoliberalismo

El neoliberalismo es un concepto que hace alusión al liberalismo, el cual origi­nalmente se erige como una corriente política y filosófica –con alcances eco­nómicos y sociales– impulsada con mayor vehemencia a finales del siglo XVIII y principios del XIX en Europa, como reacción al régimen feudal y aristocrático que limitaba las libertades sociales, políticas y económicas de las personas.

El liberalismo suponía que el individuo en libertad –sin las ataduras del va­sallaje o la esclavitud– estaría facultado para generar beneficios propios, así como colectivos, que se reflejarían inmediatamente en su sociedad. Proponía que una de las formas de lograrlo era a través de la igualdad de las personas, mediante la regulación de un régimen democrático que aboliera los fueros y privilegios de la nobleza europea, en ese entonces.

También pugnaba por un Estado que no se entrometiera en las relaciones co­merciales de los individuos, quienes por sí mismos y mediante su trabajo gene­rarían las bases necesarias para concretar su propio desarrollo y paralelamente el de su país; por lo tanto, no necesitaban vivir bajo el mandato de un rey o señor feudal que limitara sus libertades.

En esencia, el neoliberalismo obedece a las mismas nociones que el liberalis­mo, sólo que las actualiza y radicaliza al extremo de suponer que las dinámicas y exigencias de las relaciones comerciales y de trabajo deben ser las que final­mente regulen el funcionamiento de la sociedad, sin que el Estado intervenga o depare en ello, pues de lo contrario implicaría una limitación a la iniciativa empresarial, y con ello a la libertad intrínseca del individuo. Esto, en los he­chos, faculta a la clase alta a desarrollar todas sus iniciativas empresariales, las cuales muchas veces menoscaban los derechos y bienes de la sociedad (o de una parte importante de ella), sin que el Estado intervenga o la regule.

Entre 1978 y 1981 comienza a generarse una serie de transformaciones sustan­ciales en el modelo económico capitalista, como reacción a las políticas del Es­tado benefactor posterior a 1945. En su lugar, se propuso el modelo neoliberal o neoliberalismo, en el cual el Estado es reorganizado paulatinamente en su capa­cidad de definir y controlar varios aspectos económicos y sociales relativos a su población. Bajo estas adecuaciones, se fortalece la participación de la iniciativa privada en varios sectores que antes figuraban como facultades y dominios úni­cos y exclusivos del Estado y sus paraestatales.

Esta transformación permitió que los capitales, consorcios e inversionistas más poderosos comenzaran a participar activamente en economías distintas a las de su nación de origen. En realidad esto no es nuevo, en todo caso lo es la magnitud con la que se realizaron estas inversiones, así como los ramos en que se concretaron, como son los recursos estratégicos de los países (alimenta­ción, agua, energía eléctrica, hidrocarburos, tecnología de vanguardia, salud, educación, industrias culturales, etcétera).

Para que eso fuera posible, los gobiernos optaron por disminuir –y en casos extremos evitar– el pago de aranceles e impuestos que normalmente cobra­ban a los inversionistas o empresas extranjeras interesados en las economías de sus países; incluso llegaron a modificar sus propias constituciones y leyes reglamentarias para hacer efectiva la participación extranjera.

Por lo tanto, al liberarse los grandes capitales e inversiones y adquirir una enor­me fluidez en cualquier parte del orbe, muchos economistas comenzaron a visualizar que la economía del planeta se había globalizado, es decir, que el mundo comenzaba a unificarse en un solo sistema económico y financiero. En el momento de la desaparición de la URSS en 1991 se apuntalaba una integra­ción económica total, pues con la separación de los países del bloque socialista su tendencia era a incorporarse al bloque capitalista en su fase neoliberal, lo que no significó –necesariamente– una mejoría radical en la calidad de vida de los ciudadanos de aquellos países.

Así, en primera instancia, el neoliberalismo promueve en efecto mayores liber­tades en el plano económico, que no necesariamente se reflejan en mayores libertades sociales o igualdad social para el ciudadano común y corriente. Una de las grandes críticas al neoliberalismo es que se caracteriza por estimular la concentración de la riqueza en un sector mínimo de la sociedad (la clase alta), mientras que las limitaciones, carencias y/o pobreza embargan al resto de la población.

 Es decir, el modelo neoliberal promueve un crecimiento económico sustentado en una relación de asimetría social, en la cual forzosamente debe haber pobres para que existan ricos.

Por tales razones, esta doctrina económica convierte al Estado únicamente en un garante y gestor para el desarrollo de las dinámicas económicas impulsadas bajo la lógica del mercado y el capital, que tienen como objetivo central ge­nerar excedentes y beneficios que muchas veces son inaccesibles a las clases media y baja. Esto en los hechos contribuye a polarizar y agudizar las grandes diferencias entre los sectores, grupos y/o clases sociales que integran a la so­ciedad; o sea mientras existe una élite de gente con muchos recursos econó­micos, subsisten millones de personas pobres.

La implantación del neoliberalismo ha generado una mayor competencia en­tre los países y ha estimulado intensamente los flujos migratorios en diversas partes del mundo con un patrón de Sur a Norte, como es el caso de los africa­nos que migran a varios países de Europa, o bien de los mexicanos y centro­americanos que buscan el “sueño americano”. La migración es hoy, en todas partes del mundo, uno de los fenómenos que se ha agudizado con la aplicación del modelo económico neoliberal.

Entre los años 1978-1981, las primeras naciones en el mundo que comenzaron su transición al modelo neoliberal –o neoliberalismo– fueron los gobiernos de Inglaterra, en la gestión de Margaret Thatcher (1979-1990); Chile, durante la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990); China, bajo el mandato de Deng Xiaoping (1978-1997), y Estados Unidos, con la presidencia de Ronald Reagan (1981-1989).

Actividad:
Contesta: (valor 10%)
¿Qué es el neoliberalismo?
¿Qué pugna o busca el neoliberalismo?
¿Qué instituciones internacionales surgieron o fueron creadas?
¿Qué es el acuerdo Bretton Woods?
¿Por qué el dólar se estableció como moneda de cambio?
¿Qué países del mundo  se convirtieron en socialistas?
¿En qué año desapareció la URSS?
¿Qué sucedió en el mundo 1978 a 1981?
¿Cuáles son las consecuencias del neoliberalismo en el mundo?
¿Qué países fueron los primeros en adoptar el neoliberalismo?

Elabora:
Una línea del tiempo  con los modelos económicos: de 1940 a 1982 (valor 20%)
Modelo economico


1940-1946
1946-1952
1952- 1958
1958- 1964
1964- 1970
1970
1976
1976
1982
Periodo presidencial que abarca el modelo
Nombre del presidente
Situación socioeconómica de México en ese periodo
Que hechos sociales , político y económicos sucedían
Contexto socioeconómico mundial en ese modelo
Que hechos sociales , políticos y económicos sucedían
Anexa imágenes relacionadas con cada uno de los modelos y periodos presidenciales. Cuida la ortografía y la redacción. Valor : de evidencias  50% y examen 50%



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